Era ocho de octubre y el calor asfixiante lo penetraba todo. La sequía había dejado sin agua la mayoría de las charcas. La finca, como todos los años, estaba cargada de reses.
El rehalero, que no había podido entrenar sus perros, no quería montear en esas condiciones pero el organizador le había apretado diciéndole que le pedía la rehala para treinta monterías y que ese día tenía que llevar los perros de todas las maneras.
El rehalero sabía que con ese calor, el gran número de reses, y la ausencia de agua en el monte, morirían muchos de sus perros.
Todo el mundo era consciente que en esas condiciones era una locura montear, pero el organizador no quiso o no pudo suspender la montería, la verdad es que no es fácil suspender una montería.
El rehalero no consiguió convencerle para que le sustituyera otra rehala cuyos perros estuvieran campeados.
Para más inri, no se llamaron más rehalas para reducir el terreno que tenía que batir cada una durante tres horas de sofocante mancha, no se pusieron bidones de agua en los caminos y cortaderos, no se adelantó la suelta para cazar con menos calor, y la suelta se realizó a las doce con el sol en todo lo alto. Un drama.
Pasados los primeros cuarenta minutos los perros no podían con su alma, por lo que las reses que se levantaban lo hacían por los gritos de los podenqueros.
A las posturas llegaban los podenqueros con todos los perros alrededor. El montero veía como su zona se había quedado sin montear.
Los perros no tenían fuerzas ni para volver al camión y se iban quedando a la sombra debajo de las chaparras, o tirados a la orilla de los caminos. Era lastimoso verlos en ese estado.
No salió ni un cochino a partir de la mitad de la mancha, y eso que era lo mejor, pues la mayoría de los encames estaban allí, pero no entró ni un perro a por ellos, arrastrándose detrás de su perrero luchaban por su vida.
Tardaron en recoger las pocas reses que se cobraron, por lo que el intenso calor estropeó la carne.
El perrero había soltado treinta perros, y al camión llegaron doce. Los demás estaban tirados por el monte o en los caminos.
Alguno encontró muerto, reventado por el calor, seis le fueron acudiendo poco a poco con la frescura de la noche. A las tres de la madrugada salió para la perrera faltándole siete que recogió al día siguiente.
Estaba destrozado por la muerte de sus perros, que siempre eran los mejores, los que más acometían, los que más sangre tenían, los que con un suspiro de vida todavía se iban tras las reses.
Se culpó así mismo por su muerte, por no haberse quedado en casa. Y si el organizador no le hubiera llamado más, ya se las hubiera arreglado, pero montear un día así era llevar los perros a una muerte segura y eso él lo sabía.
Jamás debió acudir a montear ese día con esas circunstancias y sin haber campeado los perros. Hay que saber decir que no y oponerse con firmeza a todas las presiones.
“Cuando se avecina un día así: que acorten el terreno de cada rehala, que se suelte antes, que metan más perros para que dure menos la batida y que pongan bidones de agua en los caminos”….seguía cavilando.
El entrenamiento era fundamental. Este rehalero tenía toda la razón.
Los efectos de que las rehalas no puedan entrenar antes de comenzar la temporada son:
- Las manchas se baten mal con perros sin ninguna forma física.
- La caza se queda en el monte, sobre todo los cochinos, con perros exhaustos incapaces de moverse, transcurridos sesenta minutos de montería.
- Muchos perros mueren de congestión.
- Los perros se aspean y se inutilizan para las siguientes monterías.
- La carne de la caza se estropea si no se la recoge casi de inmediato.
Y es que después de siete meses en la perrera, llegado octubre, los perros de rehala están totalmente fuera de forma. Un perro es como un atleta, si no se entrena no podrá rendir en su actividad.
Los perros no saben dosificar su esfuerzo y los primeros días de montería, sobre todo los más punteros, se mueren de congestión persiguiendo la caza hasta que revientan.
Por eso, para que las monterías que se organicen en octubre se cacen con garantías de que los perros trabajen, y para evitar la muerte de los mejores canes, es imprescindible que las rehalas puedan entrenar.
El entrenamiento de la rehala debe comenzar a primeros de septiembre. Veinte a treinta días de campeo sería lo apropiado para afrontar el esfuerzo que requiere dar una mancha completa, y de diez a quince días sería lo mínimo para alcanzar media forma y evitar la muerte de los perros.
Hay varias maneras de poner los perros en forma:
- El campeo: es sin duda la mejor.
- Vehículo con artilugio detrás al que atas 30 o 40 perros.
- Molino que da vueltas sobre un eje y en cuyos brazos van atados 30 o 40 perros.
- Paseos acollerados.
Para el campeo lo óptimo es una zona cercada de al menos 100 has. Es la superficie mínima para que el perrero trabaje los perros durante tres o cuatro horas consiguiendo que ensanchen los pulmones, endurezcan almohadillas y que después de veinte a treinta días de actividad adquieran una aceptable forma física. Luego, con el esfuerzo continuado de perseguir una res tras otra y un día tras otro, alcanzarán su óptimo nivel durante la segunda quincena de noviembre.
Sabiendo de la importancia de poner a punto los perros antes de comenzar la temporada, se recomienda:
- A las Comunidades Autónomas: Que otorguen permisos para entrenar en espacios adecuados y de superficie suficiente
- A los organizadores: Que en los comienzos, en días de calor y sin agua en las manchas, busquen rehalas entrenadas, y si no las tuvieran, que acorten el área a batir por cada rehala. Los perros sin entrenar no rendirán más de una hora. Que suelten temprano, y que pongan bidones de agua repartidos por la mancha.
- Al rehalero: Que procure entrenar en septiembre para evitar así la muerte de sus perros, y si no ha podido entrenar, en días de calor, que no lleve la rehala a fincas con muchas reses. Es mejor quedarse en casa y no cazar que salir con cuarenta perros en el camión sabiendo con certeza que alguno morirá.
El entrenamiento de las rehalas es fundamental. Concienciémonos todos de ello ( Administración , rehaleros y organizadores) y pongamos los medios para que cuando arranque la temporada de caza nuestros canes acudan a las monterías con total garantía de éxito y en buena forma física. Ahora tenemos tiempo por delante para ir trabajando el tema.
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